Y PUNTO.

El Juego ¿Cosa de niños?

Estamos insertos en una cultura adultista en la que pareciera que crecer es sinónimo de sufrir. En general, comportarse como grande se asocia a la apariencia de una persona seria y aburrida. La risa abunda en la boca de los tontos y las niñerías son un adjetivo de menosprecio. ¿En qué momento el goce fue vetado? ¿Por qué el descanso y el ocio se transformaron en la despectiva flojera? ¿En qué momento la inteligencia infantil se reemplaza por una máquina diseñada para producir? Puede tener que ver con ese momento en el que nos convencieron que “jugar” era cosa de niños y que había que hipotecarlo si queríamos ser “alguien”, medianamente aceptado en la adolescencia y más aún en la adultez. O incluso, cuando ingresamos al colegio y se valoró muy positivamente poseer la “madurez escolar” en la que lográbamos diferenciar el juego del trabajo. Esa maduración sobrevalorada que seguramente, más adelante, nos impulsó a regalar tus muñecas, peluches, e imitar a los más grandes; hermanas, primas, modelos de revistas y actores de TV.

Si bien, todo esto es parte de crecer y tiene su romanticismo, la actitud lúdica no tendría por qué perderse nunca. Nos hace bien. Sin embargo para esto, habría que partir por reconocer que necesitamos seguir jugando y ojalá nos diviertan la mayoría de las cosas que podemos elegir. Que la expresión “no estoy jugando” no sea sinónimo de “perder el tiempo”, y que finalmente el ocio logre un espacio en nuestra ocupada agenda. Del mismo modo, estudiar, aprender y trabajar, fuesen una forma de juego en la que se conserve una actitud lúdica, facilitando nuestra flexibilidad, espontaneidad y curiosidad ante lo incierto, desafíos o dificultades que nos encontremos, y de esta manera de ser menos susceptibles a la ansiedad.

El Juego es una conducta natural del ser humano, central en la niñez, y que se caracteriza por ser placentero. Tiene un valor intrínseco, pues su objetivo es el juego mismo y su disfrute, además de ser un pilar fundamental para el desarrollo de la mente y salud mental. El juego permite lidiar con lo incierto. En los juegos no sabemos qué va a pasar, se improvisa y se puede ensayar una y otra vez sin consecuencias. Si jugáramos más, seríamos adultos más flexibles y aceptaríamos de mejor manera lo que nos pone la vida por delante, estaríamos menos preocupados por lo que va a pasar, y no nos agobiaría tanto el no saber. Estaríamos más entrenados, por lo que no necesitaríamos de tantos planes, ni invertiríamos tanto esfuerzo y tiempo para mitigar y controlar factores externos.

Estaríamos más presentes, nos ocuparíamos más de nosotros mismos, de nuestros gustos y tal vez seríamos más felices.

Sofía Gómez
Psicóloga UANDES 
Encargada de Salud, Protección y Buen Trato Junji

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *