Y PUNTO.

Qué hacer para tener una buena comunicación con tu hijo

Según las terapeutas infantiles, la queja más común que escuchan de los padres es “mi hijo simplemente no me habla”. Estar distanciado de tu propio hijo es algo doloroso y tiene graves implicancias. Los estudios indican que el factor más importante en la estabilidad emocional y psicológica de un niño es la cercanía en la relación padre / hijo.

Existen dos hábitos muy comunes que interfieren en la comunicación padre e hijo y que muchas veces ahuyentan a los niños: (1) negar los sentimientos de tu hijo y (2) confundir la simpatía con la empatía.

Simpatía vs. empatía

Cuando un niño está realmente angustiado porque se siente herido, decepcionado, preocupado o enojado, necesita desesperadamente a sus padres. Sin embargo, muchas veces los padres no quieren ver a su hijo sintiéndose mal, por lo que su primer instinto es decirle a su hijo que todo está bien. No nos damos cuenta que las declaraciones como “no es para tanto” o “no te enojes” espantan a los niños. El problema es que estas frases hacen que los niños se sienta avergonzados de cómo se sienten, agravando aún más el dolor. Además, el hecho de sentir que sus padres no los entienden, los hace sentirse solos, lo que obviamente es perjudicial. Si esta situación se repite, el niño aprende que expresar sus sentimientos lo hace sentir peor.

Evitemos declaraciones del tipo “no te preocupes”, “no te sientas así”, “no seas así”, “no te enojes” “eres demasiado sensible” o “estás exagerando”.

Una mejor idea es empatizar, es decir, honrar los sentimientos de tu hijo. Los sentimientos nunca son incorrectos, lo que puede ser incorrecto son las acciones a las que lleva un sentimiento determinado.

Ejemplos de respuestas empáticas podrían ser: “esa es una gran preocupación. Lo entiendo”, “estás molesto. Yo también lo estaría”, “tienes todo el derecho de decepcionarte. Yo también me sentí así cuando tenía tu edad”, “sientes que te vas a volver loco. Bueno, tienes todo el derecho” o “estoy seguro de que tienes una buena razón para sentirte así. Cuéntame más de eso”

Después de dar una sólida dosis de empatía, el niño se sentirá comprendido y conectado contigo, lo que significa que inmediatamente se sentirá mejor y querrá tu ayuda para resolver su problema. En muchos casos la empatía es todo lo que tu hijo necesita para sentirse mejor. Simplemente contar con el apoyo de sus padres, les permite sentirse seguros y seguir adelante.

No creas que por empatizar con el sentimiento de tu hijo estás tolerando su mal comportamiento. Se puede empatizar y educar al mismo tiempo. Les doy un ejemplo: la semana pasada, mi hijo Ignacio entró muy enojado a la casa. Dio un portazo y tiró su abrigo al suelo. Entonces le dije: “Estás enojado…. No sé por qué, pero probablemente tengas una muy buena razón. Cuéntame que pasó pero primero recoge tu abrigo”. Después de recoger su chaqueta, inmediatamente se acercó a mí y me habló de lo molesto que estaba por un conflicto que tuvo con un amigo.

La empatía gana

Así es como funciona: la empatía crea una reacción en el cerebro de un niño y lo calma de inmediato. Una vez que el niño está tranquilo, puede pensar cómo resolver su problema de manera lógica. Al sentirse comprendidos y cercanos a ti, el niño avanza más rápido y con mayor seguridad.

Muchas veces los padres no somos empáticos porque no queremos que nuestro hijo se compadezca de sí mismo, se haga la víctima o se vuelva dramático. Y en cambio, entonces, somos simpáticos. Sin embargo, no sabemos que la simpatía interrumpe cualquier posibilidad de armonía emocional. Respondiendo con simpatía el padre salva y rescata a su hijo de esos sentimientos negativos en vez de ayudarlo a superar la situación.

Por ejemplo, en el camino de vuelta a la casa después del entrenamiento de atletismo, mi hija Alejandra de ocho años, me dijo: “Mamá, soy la peor de todas. Siempre soy la más lenta para correr. No me van a considerar para el campeonato”.

Frente a esto, los padres tienen 2 opciones, la respuesta comprensiva/simpática o la respuesta empática.

(1) La respuesta simpática: “Qué mal Alejandra, voy a llamar al entrenador y hablar con él. Es injusto que no te consideren para el campeonato”.

(2) La respuesta empática: “Uff que mal. Por supuesto que duele sentir que eres la peor. Lo entiendo. Me he sentido así muchas veces en mi vida. Tendrás que seguir entrenando, ya verás que de poco irás mejorando.”

En principio, la respuesta comprensiva es más tentadora porque nos lleva a pedir un cambio en las reglas del juego, y así solucionamos el problema de nuestro hijo. Además, es mucho mas fácil pues no requiere ninguna inversión emocional por parte de los padres y automáticamente salvamos la situación y nos convertimos en papas superhéroes.

La respuesta empática, sin embargo, requiere que los padres compartamos los sentimientos de nuestros hijos para estar en la misma sintonía emocional. Debemos recordar cómo se sentía ser el peor en algo, y desde ahí relacionarnos con nuestro hijo. Cuando hay una sintonía emocional, el niño se siente comprendido y conectado contigo, lo que le da seguridad y motivación para avanzar y volver a intentarlo. La empatía crea una ética de trabajo en donde la perseverancia, esfuerzo y autosuperación salen a flote. El niño aprende a crecer en la adversidad y no se descompone cuando le suceden cosas negativas. La empatía crea seres humanos valientes y fuertes.

Mantente cerca de tu hijo. Empatiza y empodera. La recompensa no tendrá precio.

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